Este es un espacio en la nada para la nada de las letras, de Alejandro León Meléndez
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Miércoles, 15 de marzo de 2006
Saludablemente lejos del análisis duro e intelectual, Los personajes que soy, ensayos autobiográficos, de la actriz y escritora Karla Montalvo es un estudio internista sobre lo que debiera ser la lectura: descubrimiento y crítica.
A partir sólo de su formación como actriz y de una necesidad apabullante por las historias, Karla Montalvo nos da ocho personajes, producto de otros tantos autores, que encuentran eco dentro de su personalidad.
Los ensayos, cómodos y agradables, son además la historia de una vida real, la de Karla, que va creciendo cronológicamente a través de sus diferentes lecturas. Porque Karla lee los libros, lee al cine y lee al teatro que son su formación humana. En Los personajes…, Karla expone no sólo la visión que ella tiene sobre las obras que trata, cuyos análisis pudieran ser plausibles por inteligentes o no; nos ofrece a sus lectores el corazón que la mueve y va desentrañando sus propios procesos artísticos. La recreación —o creación— de sus personajes actorales y sus intenciones como autora literaria.
Cada personaje abordado resulta un descubrimiento personal, que no queda excento del descubrimiento al lector. Cada personaje bien pudiera ser un ensayo autónomo o un capítulo de un ensayo mayor. Cada lectura de Karla bien pudiera ser una más, o puede convertirse en parte complementaria de toda su vida. Lo que nos propone, obviamente, una obra inconclusa, parte a su vez de un libro —ensayo— mayor y que pudiera abarcar no sólo desde la adolescencia, sino desde la infancia y hasta el último día de su vida.
De allí que incluso cada ensayo no se quede sólo en el análisis de un personaje y su enfrentamiento personal con él. Esta galería de seres ficticios son al mismo tiempo la perfecta excusa para el descubrimiento de los temas trascendentes en la vida de Karla Montalvo. Un ensayo es un personaje y es su desdoblamiento y es su enfrentamiento con ella misma y la vida.
Sin necesidad de los artilugios literarios doctrinales, como enormes pies de páginas que demuestren toda su sabiduría; más bien recurriendo a simples técnicas literarias, como la de reproducir pasajes de su diario personal, Montalvo se entrega toda.
La primera entrega, Karla descubre al lector ideal en Bestial Baltasar Bux, protagonista y apoyo en la novela La historia interminable de Michael Ende. El encuentro con Bastián producirá en ella una bella reacción literaria: se descubre lectora de un lector que se descubre protagonista. Karla lee que está leyendo. Por lo tanto ella es protagonista de sus historias. Esa es, justamente, la particularidad de su ensayística, de su crítica a lo largo de todo el libro y de su vida. Montalvo no puede contentarse con ser espectadora, tiene que ser parte de lo que presencia.
Dice en el ensayo que abre su libro “La travesía del lector al personaje”:
Si la lectura sólo nos exigiera identificarnos con ella, a través de lo que creemos que somos, no resultaría tan reveladora, intensa y compleja. Leer no siempre es cómodo, placentero y alegre; a veces es doloroso o aterrador.
En “Clara y Nínive: el encuentro con la imaginación”, el segundo capítulo del libro, Karla aborda al personaje de Clarita de 8 años en la obra de teatro La señora en su balcón de Elena Garro. Karla Montalvo representó a este personaje en su adolescencia, a pesar de que ella hubiera deseado representar a Clarita en una edad mayor. Para Montalvo, Clarita de ocho años es su encontronazo con la imaginación, es la separación y complemento entre la lectora y la actriz. No sólo porque debe encarnar alguien que no es ella, sino porque este personaje vive a través de la imaginación, de lo que no existe. Dice Karla:
Dentro de los lectores, el actor es uno de los que más difícil se las ve con su interpretación. Debe encarnar los sentimientos, el ritmo, el contexto de los seres de la ficción y, para hacerlo, es preciso que los conozca a profundidad.
A partir de la recreación de Clarita, Karla valora la conformación de los símbolos de cualquier ser, ya sea ficticio o real. El de Clarita es Nínive, nos dice; y Karla confiesa que sus símbolos son el libro y el escenario.
Y ya propuesta la lectura como algo no siempre grato, Karla se obliga a entablar comunicación con Martirio, personaje de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca. Otro ser que debió personificar y con el cual, según ella, no tenía nada en común. Sin embargo, y como se observa a través de sus palabras, el análisis de este personaje termina haciendo de la autora un ente consciente de si misma.
Martirio la confronta, pues, con la amargura.
Se dice (…) que el lector es un co-creador de la obra, es decir, que sin él ésta sólo existiría en potencia. Sin embargo, pocas veces se profundiza en la reflexión acerca de cuál es la contribución del receptor a la experiencia literaria.
Para Karla Montalvo, la actuación le ha llevado a romper con la idea común de que el lector sólo se sienta y abre un libro (o sólo observa la pintura, o la puesta en escena). El actor debe situarse justo entre el lector común y el creador. Es un creador inferior o un lector superior.
De esta perspectiva Karla se ve obligada a crear una Martirio un tanto distinta a la propuesta por García Lorca en el texto dramático. Karla debe descubrir dentro de sí la amargura, sus concepciones de ella, y darle vida al personaje. Así pues, ante la posibilidad de dar vida, descubierta a partir de sus lecturas, Karla emprende un nuevo camino. Las funciones del lector participativo se modifican para hacer ella misma las propuestas.
En “Las aristas de mi imagen” Karla muestra la posibilidad de enfrentar al arte y al dolor, gracias a la película Todas las mañanas del mundo, dirigida por Alain Corneau en 1991.
Dice Karla que: (…) en ocasiones acudimos al teatro y al cine “para esa cosa horrible que es matar el tiempo”, como diría García Lorca, pero muchas otras lo hacemos en busca de respuestas sobre nuestra vida.El ejemplo, para ella, de esta película no puede ser más exacto. Y tampoco está excento de dolor. Karla, como en los demás personajes, encuentra uno muy poderoso. El personaje es Marin, compositor de la corte, quien a pesar de sus logros artísticos, se confiesa un impostor. Su maestro, nos dice, él era la música.
A partir de esto, Karla nos propone a dos tipos de trabajadores del arte, los que ella denomina acróbatas y creadores:
Marais es un acróbata, no un creador. Utiliza el arte para escapar de su dolor; no para internarse en él y expresarlo. La confrontación de una artista, la propia Karla, ante la idea de que quien trabaja con el arte refleja su miedo y su compromiso para con la creación. Karla ya se asume una creadora completa.
Cuando se enfrenta a Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo, Karla lo hace, ahora sí, como mera espectadora consciente de todas sus capacidades creativas. Es decir, ella no necesita de interpretar el papel de Tenesse Williams para comprender y verse reflejada. Y lo deja muy claro cuando nos dice a sus lectores: ser actor no significa que se tiene inmunidad ante el enigma de la función teatral.
Lo que me obliga a traducir: Yo, ensayista, no estoy inmunizado al enigma que es Karla Montalvo. A final de cuentas, al asumir al lector como un fenómeno Bastián Baltasar Bux, parte de la obra, personaje protagonista, nos lleva a ser parte de la obra de Karla, y de cualquier otro libro. No se trata, y Karla es congruente consigo misma, de demostrar con la sabiduría del teatro, que los demás espectadores son unos estúpidos por haber disfrutado de una función. Lo que hace a cada función teatral y cada proyección de película y cada lectura de un libro como un momento único, protagonizado de manera individual por cada espectador, cada vez que ocurre.
Blanche es, para Karla, su reflejo con el dolor y la locura, como lo dice el título del ensayo. Para Montalvo, Dubois es la extrapolación de las relaciones entre el hombre y la mujer a través de la enfermedad.
La idea de la muerte no me deja dormir algunas noches, y el arte no siempre está allí para purgar el miedo. Pero en ocasiones está para saber que no somos los únicos que hemos recorrido los pantanos de nuestra naturaleza, que no estamos solos(…)
El poder de lectura de Karla, crecido a lo largo de los años, la lleva a plantearse el proceso de enfrentarse a la palabra como algo más allá de la extrapolación, la empatía y el autoconocimiento. Pareciera que para cada uno de estos hechos es necesaria la muerte antes del renacimiento. Descubre que la vida y al muerte son dos polos del mismo sentido.
A través de su fe en la divinidad llega a las conclusiones más duras, pero que generan de una potencia inigualable: la del fénix:
(…) había jugado a morirme. Me imaginé sin respirar, sin moverme, sin estar; intenté sentir no sentir, pensar en qué sería no pensar. El juego fue un fracaso porque terminé llorando, asustada.
Gracias Simone de Beauvoir y La mujer rota, descubre que el miedo a la muerte no desaparecerá nunca. Pero es gracias al personaje narrador de la novela Las memorias de mamá Blanca de Teresa de la Parra que aprende a vivir con ese temor por medio del humor de la vida. (…) he encontrado en la literatura, dice Karla, un espacio donde la razón y la emoción, la fe y la duda hacen una tregua y dialogan como en un juego. El juego es la memoria, necesaria herramienta, para vivir y continuar la existencia.
Los personajes que soy. Ensayos autobiográficos está publicado en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Su lectura, más que aconsejable, es a través de la relectura. Si bien se puede saborear de una sentada, no podemos empatar con la autora, para co crear su creación, sino gracias al diálogo con sus palabras. Como predica la autora con el ejemplo.
Por: Alejandro León Meléndez | Opinion | Comentarios (0) | Referencias (0)